Después de más de 3 años vuelvo a
sentarme a escribir, esta vez sin un por qué. Tal vez la cuarentena de
estos tiempos hace que uno vuelva a su viejo amor… La escritura fue mi
gran aliada cuando todo se partía por la mitad o para descargarme
emocionalmente o para hacerle saber a alguien lo que sentía. En fin,
siempre fue mi refugio.
Tres años después vuelvo a abrir una
página en blanco de Word, esperando que la inspiración entre en mi
respiración y salgan por mis dedos, fluyendo como ahora. Imaginándome
que todo está bajo control. Pero ¿Lo está?
Cuando tenía 13 años me gustaba pensar
que escribía para ayudar a las personas. Cada cosa que me pasaba, la
plasmaba en una hoja para después subirlo a mi blog para que me lean y
puedan salir de situaciones similares a las mías. Creo que siempre fui
una tipa con un propósito en la vida tan simple como ayudar, pero que
difícil es pedir ayuda. Sigue pasando el tiempo y sigo paralizándome
cuando tengo que hablar para pedir. Esto no me lo enseñaron, de hecho
nunca hizo falta pedir porque siempre estaba ahí para darme la solución
antes de que pudiera hablar. Casi dos años después, no tengo a nadie con
un sexto sentido para resolver mi vida solamente mirándome a los ojos.
Ahora tengo que hablar y eso me perturba. Me genera inseguridad porque
creo que todo lo puedo sola, que todo está bajo control porque me río
una o dos veces por día, como si fuera una señal de que estoy bien, de
que ya estoy como quiero.
Y no, no crean que estoy deprimida,
porque a decir verdad, no lo estoy o no lo siento así (esto me genera
dudas como cuando los locos dicen que no lo están: ¿La depresión será
igual que la locura?) Pero en este caso, me siento bien la mayoría del
tiempo y cuando digo la mayoría es cuando no estoy sola. No tengo ganas
de llorar, ni ganas de gritar, ni ganas de acabar conmigo. No niego que
no sentí ganas de todo eso, pero ya no tengo esa sensación de caída al
abismo. Por el contrario, tengo un vuelo extraño por el aire. Me siento
flotando en un cielo de emociones lindas y feas al mismo tiempo. De
pronto estoy bien arriba de una nube cargada de golosinas y de pronto me
caigo como si tuviera una soga con un ancla atada a mi pierna.
Ante esa caída me viene una frase de una
canción que no sólo es increíble sino que es de mi artista favorito:
“Cuando el mundo tira para abajo, es mejor no estar atado a nada”; y sí.
Todavía siento ese nudo irrompible en mi tobillo que me obliga a
caerme. Todo el mundo habla de “soltar” como una manera metafórica de lo
que uno siente al no poder desprenderse de algo/alguien. Les juro… no
es metáfora, se siente así, como si estuviera a punto de desgarrarte.
Siempre aguanto el llanto para no preocupar y saben qué… a la mierda la
fortaleza y que el resto del planeta nos vea como héroes. No soy peor
que nadie por mostrarme débil, frágil, rota y vulnerable.
Incluso soy mejor, soy yo. No tengo todo
bajo control, aprendo a descontrolarme cuando quiero porque puedo,
porque todavía sigo viva y por lo tanto, puedo mandarme todas las
cagadas que merezco mandarme, puedo estar triste, puedo decir que no, no
estoy feliz pero tampoco deprimida.
Soy esto, todavía estoy conociéndome.
Aprendo a quererme destruida, aprendo a vivir sin lo que más quiero,
aprendo a vivir con esta versión de mí, tan distinta a como fui. Ni
buena ni mala, otra versión, otra faceta, otro yo.
Ya no quiero cambiarme, ya no quiero
volver a ser quien era. Soltar no es mi modo de enfrentarme a ésta
pérdida… mi método es otro: Flotar con ella, bien arriba. Cayendo y
planeando hasta no estar más. Mientras no vayamos de la mano, aprendo a
agarrarme muy fuerte de la soga para ver las cosas desde lo alto. Y con
esta vista, uno ve todo diferente. Ve una realidad paralela. Hay que
estar en la mierda, en este pozo para encontrar el brillo en lo opaco.
Así que no, no tengo todo bajo control.
La Betsabé de hace tres años, escribía para ayudar a otros. Esta Betsabé
se escribe a sí misma, ayudate…ayudame.