El silencio haciendo notar a la ausencia, marcando la oscuridad de lo que llamé hogar como si nunca hubiera existido luz, me obliga hoy a escribir distintos puntos:
La ausencia y la nula posibilidad de olvidar su voz por las mañanas llamando a mi puerta, traspasando, con su ternura, mi frazada y acariciando todo alrededor con la mirada dulce y pícara llena de amor.
El ruido de la respiración detrás de la columna que dividía la cocina del comedor, que hacía que nos calmemos todos cuando llegábamos a casa, porque estaba ahí para abrazarnos y enredarnos en sus fieles brazos.
El olor de una rica cena que tardaba en estar lista pero que valía la pena cada minuto de cocción si la veías sonreír cuando esperaba veredictos como en un programa de cocina, cuando nos veía comer.
El cajón de los secretos bien guardados sabiamente, y que sin lugar a dudas, jamás saldrían de ahí.
La caricia contorneando cejas y narices frías para curar gripes fastidiosas, fiebre, otitis eternas o insomnios de ansiedad.
La palabra justa, sin rodeos, sin excusas, sin mentiras y con amor del bueno, de ese que no espera nada a cambio.
El hueco de sus mejillas marcando diferencia con cualquier otra sonrisa o gesto de otras personas, sobresaliendo entre la multitud ordinaria.
Las extrovertidas escenas de bailes sin ensayos, en el poco espacio que quedaba desde la mesada hasta la mesa, sólo para hacernos reír y tapar tristezas.
El cansancio nocturno después de un día largo, cansador y pesado, pero siempre teniendo tiempo para nosotros, para acompañarnos, hablarnos o escucharnos, pero siempre trasnochando hasta altas horas de la madrugada.
La vida en una montaña rusa sin seguridad, al borde de caer constantemente y al mismo tiempo, sonsteniendonos para que nadie se lastime.
Enseñar desde la experiencia y nunca nada sin fundamento.
Justificar las respuestas y si no había respuestas, buscarlas juntas para ver como llegar a ellas.
Dar la mano a toda persona que necesitaba de algún consejo o alguna cachetada de realidad, para abrir los ojos y amarse más.
El incomparable deseo de bienestar de los suyos, posponiendo siempre su propio bienestar.
El olor más delicioso proveniente de su piel que alcanzaba a olerse a leguas y que cuando estaba cerquita se volvía más intenso y necesario.
El ruido más gracioso de la risa más contagiosa que alguna vez podré escuchar.
La mirada más intensa y transparente para decir una verdad dolorosa, una anecdota divertida o un reto significativo.
Lágrimas compartidas de emoción y tristeza, todas reunidas sobre la misma mesa en la que hoy me siento a pensarte.
Te llamo de a ratos como si puedas venir a compartirme alguno de tus atributos, pero por ahora, me quedo con esta sensación de describirte, cerrar los ojos y verte llegar bajo la luz que nace en tus ojos y termina en mi nariz. D-escribiéndote, te traigo un poco más a mí.
Mi Gaby, ojalá me puedas leer así llego yo un poco hasta allá.