Sus ojos miran la realidad más horrible y poco común en su edad, en su bien, en su inocencia. Mira a su alrededor con la esperanza de que alguna vez eso cambie por completo, llenándose de felicidad con sólo un poco de mimos, de aliento, de verdades que no sean tan dolorosas. Una vez más, él está ahí presenciando uno de esos momentos, pero sin pensar más, sólo se abraza a un profundo sueño donde se vé feliz y sin angustias que llevar.
Se vé obligado a conectar su furia en un largo llanto, intentando tapar cada mal, cada silencio, cada desilución, cada maltrato, cada grito desgarrador. Actúa de una forma extraña. El ya no quiere crecer; es un niño con miedo a crecer, a ser eso que él siempre, en algún punto, sabe que llegará. A ese ser tan queridamente despreciable e ignorante; a eso que hoy no lo deja vivir, ni respirar.
Vive con miedos de ser aún peor, vive pensando más de lo que debería pensar. La timidez lo vence y lo deja callado en un rincón con sus ojos tristes, llenos de amor para dar y llanto que borrar. Sus ojos, una vez más, están mirando a la nada misma. Vive pensando en cuando terminará todo ese peso a ser un niño felizmente infeliz, sin poder descubrir las cosas maravillosas que te trae la infancia. Porque su infancia, no es infancia. Ésta se basa en vivir la realidad que nos persigue, nos atrapa y nos encierra.
Porque esa realidad es la que intento borrarte con cada palabra de aliento y de amor. Porque de esa realidad, hace años, quiero deshacerme...